La comunidad confesable o parecidos razonables

Últimamente me asombra la evidencia con la que algunos hechos vienen a constatarme algunas intuiciones del pasado. Y es que, más que un descubrimiento, a veces tengo la sensación de estar asistiendo a un espectáculo de magia.

Voy rápido con los ejemplos, o la tentación de adentrarme en el terreno de la metafísica podrá conmigo.

Tengo un par de amigas que son pareja y que decidieron ser madres a través de la fecundación in vitro. El peque está a punto de cumplir un año, y cada vez se parece más a sus madres, a ambas, sí. Diré más, cada día se parece más a su madre no biológica. La risa, la mirada, los gestos, van definiendo la cara de este pequeñín a imagen y semejanza de su madre (no biológica, quede claro), obviando todo el determinismo de la genética.

Con más pasmo, tuve que asumir recientemente que la hija de unos vecinos sobre la que siempre habíamos sentenciado “es clavadita a su padre”, era en realidad adoptada.

Más cerca, cuando el recorrer el álbum de fotos que resume los primeros años de tu hija, te das cuenta de que su cara ha cambiado hasta el punto de parecerse, a veces, a la persona que aparece junto ella en la fotografía.

Si alguien opina que exagero, que piense por un instante en los grupos de amigas/os adolescentes… Es, o no es? Es cierto que en este caso todo el atrezzo ayuda mucho, porque se visten, peinan, hablan y ríen igual, pero estoy segura de que si pudiésemos hacer el examen prescindiendo de la puesta en escena, tendríamos que admitir que el asunto va muy en serio.

No es extraño; al fin y al cabo, todo el mundo sabe que la adolescencia es uno de los momentos claves en la construcción de nuestra identidad como individuos. Lo extraño, es que siempre hemos entendido este argumento como algo limitado al ámbito de lo psicológico, y raramente a alguien se le ocurre pensar que esto pueda ser algo físico también.

A riesgo de no haber conseguido librarme de la obviedad, aquí va mi revelación: las personas estamos hechas de personas.

frankenstein-y-niña

Con esto, quiero decir que estamos hechas al estilo Frankenstein, del tal modo que: ojos, bocas, manos, piernas, pelo, risa, muecas, frente… casi todo lo visible de nosotros, pertenece a otros; y aunque sea difícil de explicar y de creer, e incluso resulte incómodo, lo cierto es que andamos por ahí como una especie de manifiesto andante sobre toda la comunidad de personas que nos constituye, y por eso, deberíamos estar dispuestos a aceptar que algunos parecidos, son algo más que razonables.